Justo Amable

pintador

EL ARCA DEL EMIGRANTE

EXTENSION SOBRE LA OBRA DE JUSTO AMABLE

El emigrante es un niño que abandona su habitación a hurtadillas. Deja la fragancia y el gusto de la cuna, la vista del hogar, pero, niño al fin, no quiere dejar sus juguetes. Asume una renuncia que excluye su don más exquisito: el juego. Parte entonces en busca de un tesoro, y agarra con sus manos y su memoria los objetos más íntimos, sus creencias, aquellos hallazgos en los que depositó valores divinizados. Si el emigrante no arrastrara consigo esos simples fragmentos significantes, tendría que economizar mucha insensibilidad desde el principio de su mundo, para poder conquistar ese otro que pretende sin presumir de su indigencia.
En la obra de Justo Amable el emigrante es, para más, el Guajiro. Personaje mítico, casi abstracto, que reúne una serie de propiedades muy ponderadas, y al parecer invariables, entre las que se fichan su fidelidad a las costumbres y la costumbre de amar su pedazo de tierra. En los cuadros, aleatoriamente, el Guajiro se presenta como el hacedor de su voluntad, el artista fenomenal, el superhombre, el amante dichoso, el desfigurante de la realidad. Niño al fin, lo acompañan sus juguetes preciados: sus cultivos como naves de transporte, sus animales de confianza y sustento anímico, la mujer dilecta, sus tradicionales adornos junto a la angustia que se dispara al abandonar una parte de su colección, porque aunque quiera actuar como un Noé nunca podrá llevárselo todo: su arca es demasiado pequeña.
La lógica de estas pinturas es la del sueño; y quizás sean una representación del deseo en la mente del Guajiro: fantasía en la que él es un emigrante que arriesga caros recursos para salvarse. En este impulso, el artista le aporta a la obra tanto como de ella recibe, intercambio en el que las ideas alquimizan al pintor y a lo pintado. Ambos se interesan en un cierto lirismo indumentario que suaviza o falsea el drama de las escenas, de forma que lo que podría ser un alarido se resuelve en un orden que estiliza la soledad endémica de este personaje insular. Y por añadidura se presiente como unificador un nervio sideral, recorriendo los espacios dentro y fuera de la obra, que parece confirmarnos la posibilidad del viaje.
Por ser la fotografía un medio de conservar y trasladar la memoria, se convierte en causa que le sirve al artista como espejo catalizador del resultado en su pintura. El fotorrealismo tensa así un lenguaje en el que se articulan caprichos surrealistas y simbolismos propios de la alteración y el enfrentamiento de las imágenes. Este proceso, en el que la composición fotográfica apuntala la visualidad del conjunto, complementa certeramente el mensaje de la obra: el pintor se entretiene y el emigrante conserva su figura, ya que ambos guardan bien sus recuerdos.
La real ilusión y la verdad aparente forman la moneda con la que el espectador se paga el gusto de mirar. Y para ese propósito Justo Amable pone en juego también elementos del paisaje y la naturaleza muerta como parte de una épica que nos relata, sutilmente sonriente, con un guiño clásico además, una trama de filiaciones. Pareciera querer hacernos cómplices de un acto en el que el emigrante, el Guajiro, el niño, el mismo artista, no supieran definir si marcharse o quedarse. Acaso de ahí se destila la poesía, la atmósfera crepuscular, los brotes bíblicos. Pero no la inconsciencia, eso no, porque tanto el que parte como el que pinta saben perfectamente lo que hacen.

M.A.R. 2016

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