Justo Amable

pintador

Blog de admin

Esto no es una pintura

“Esto no es una pintura”.
(Algunas afirmaciones sobre la obra de Justo Amable Garrote).

Un instante la vida. Nube de hierro que cruza ante los ojos del semi ciego. Con un bastón que emerge de la tierra fecundada palpa el ancho de su brazo mientras canta para sí, -y sólo para sí- con voz aguadañada, una seguidilla de nieve.

Sólo un instante. La vida entre los rombos tejidos por la araña marimbera. Los que se van se quedan o a veces regresan a la grupa de un escarabajo. ¡Ja! ¿Qué es eso de una vaca volando? ¿Qué es eso de que un chivo beba vino? ¿Qué pinta un aguacate entre las olas, ensombreciendo la calva de Neptuno, al colmillo del taimado tiburón de Ducasse?

La belleza es belleza porque entornamos los ojos. Los años vividos, los días, los minutos que se pudren al polvo de los portales nos persiguen, nos dan caza para luego abandonarnos.

El pintor no es más que un niño que envejece entre sus pinceles de palo. Sus flores y sus frutos hieden a linaza y a trementina. La mosca confundida que se posa y se frota las patas es succionada por el látex del lagarto de lino. La luz de los museos es sol y es luna.

A la tierra irán a parar los huesos de estos cuadros. Animales muertos, gastados por el roce continuo con los hombres. Un totí -como siempre- de ojos de madera, cargará con la culpa.
Pero no desvariemos. Sigamos pues la corriente de este río donde todo es colorido y todo anda envuelto en un halo de melancolía pura.

Dejémonos llevar-os lo propongo- Todo es más simple de lo que parece. La mentira no tiene espinas ni semillas, es masa limpia, un carruaje sin ruedas ni látigo.
Los actores de este circo impío- cuando cierres los ojos- aprovecharán y saltarán de cama en rama multiplicándose como decimales peces.

Es que estos son cuadros para ver con los ojos cerrados. Puñales de lana para vuestras noches frías. ¡Quien desdeñe la magia que se abstenga! Quien no crea en milagros. Quien le tema a la luz. Aventuras son. Trasiego de amores. La serenata y el réquiem tomados de la mano, recién bañados. Entalcados en polvo de estrellas rutilantes. Bordeando una y mil veces la glorieta del parque abundante. Taconeo de caballos sofocados, exhaustos.

Una cigarra inicia su vuelo, planea de ventana a ventana y viceversa. Los que se fueron quedan. Estas pinturas son recuerdos de recuerdos. Sueños de sueños . Pruebas de vida en medio de la muerte.

Hablan también de Cuba, de una Cuba gris y enmohecida, (por eso brillan hasta el dolor en ellas los colores). Hablan del guajiro, de la vida en el campo, (por eso son tan habaneras). De amores (por eso penas). De sexo, (por eso viven en perpetua pureza sus amantes).

Lo que nos narra el pintor, -pues estos cuadros son también fábulas tremendas- es nuestra propia vida , por eso nos resultan tan familiares y tan ajenos, como un deja`vu que se mira en un espejo iluminado por una vela de atrezzo y de viruela.

Esto no es una pintura. Apunta el apuntador desde la concha cuando se enroscan las cortinas salvajes y el pintor nuevamente afila con su pincel la hebra toda. La fruta tiembla. Un elefante camina sobre un techo de guano. Un elefante camina sobre un techo de guano. Alguien cuela café - tal vez nosotros mismos- y el recuerdo de su aroma nos desvela, nos aparta del sueño, nos advierte, nos transforma en vigías. Nos espabila de un plumazo de sangre.

El sueño de la araña entre los rombos de su tela, eso seremos: la sombra que ilumina nuestros pasos.

¿Qué trae el mar? ¿Qué arrastran sus olas?

Ofrendas de un pintor a sí mismo, sus deseos ajenos y propios, las flores que se enredan en el arrecife más espinoso, como colmillos taimados de tiburones, como la mueca inevitable del macaco.

Fragmentos de un filme inacabado. Esperante, adducidor y algo esperpéntico. Quien no haya amado no entenderá estos cuadros, pensará que tan sólo se trata de pinturas resultantes de un manojo de bocetos, de bosquejos al baño de María servidos en porcelana fina sobre manteles de hilo, tejidos por las dos negras fridas de dedos finos del ingenio. Iniciales bordadas en oro, lavanda y comino.

Mientras Cuba remolonea y los cubanos trapichean con sus antiguos sueños, Justo pinta sin parar, en caída libre; da cuerdas a un reloj sin manecillas retando a un tiempo que se extingue con la esperanza de despertar en otro paraíso , distinto, diferente, usando las gafas del ahorcado que vive en la baraja.

Como el escorpión que no puede evitar clavar su ponzoña en el carapacho de la tortuga que le cruza el río, así viajan estas obras, convertidas en sal, atadas a su destino ineluctable. Desde el fondo de las abadías, desde el interior de las pavorosas catacumbas, desde las prietas honduras de las trincheras, desde el brillo de los arañazos y lo poblado de unas cejas. Envenenando cuanto recuerde y toque. Memorias de un Midas cuentapropistas y visco.

Ahora llueve-un palo de agua- y una niebla fría se cruza en la línea de fuego. Entre lo real y lo imaginado. La vida en un instante. Mirando al cielo. Cruzando los dedos. Descifrando el mensaje de las auras libres.
Lo que pinta el pintor desaparece. Se escucha el motor de una batidora triturando una fruta y el ladrido de un gato en el tejado.

La lluvia todo lo engulle. Al final-pues-no son estas más que pinturas acorraladas por la lluvia. Inevitables. El autor cultiva la desesperanza a puñetazos de fe sobre su mesa. Una fe gigante en sí mismo ¿Una fe ciega?
No en balde para visitar su estudio debemos atravesar tajantes el cementerio -sin apurar el paso recomiendo- zigzagueando entre las tumbas de los ilustres difuntos, descansando entre esquelas talladas sobre el mármol y muñecos de trapo.
Prófugo cronista de su tiempo y de su espacio el pintor aguarda, oculto, paciente entre su obra silenciosa y póstuma como una tela de araña en donde se mecen millones de elefantes.

Carlos Michel Fuentes
La Habana, agosto 2017.

English EL ARCA DEL EMIGRANTE

Englis EXTENSION SOBRE LA OBRA DE JUSTO AMABLE

El emigrante es un niño que abandona su habitación a hurtadillas. Deja la fragancia y el gusto de la cuna, la vista del hogar, pero, niño al fin, no quiere dejar sus juguetes. Asume una renuncia que excluye su don más exquisito: el juego. Parte entonces en busca de un tesoro, y agarra con sus manos y su memoria los objetos más íntimos, sus creencias, aquellos hallazgos en los que depositó valores divinizados. Si el emigrante no arrastrara consigo esos simples fragmentos significantes, tendría que economizar mucha insensibilidad desde el principio de su mundo, para poder conquistar ese otro que pretende sin presumir de su indigencia.
En la obra de Justo Amable el emigrante es, para más, el Guajiro. Personaje mítico, casi abstracto, que reúne una serie de propiedades muy ponderadas, y al parecer invariables, entre las que se fichan su fidelidad a las costumbres y la costumbre de amar su pedazo de tierra. En los cuadros, aleatoriamente, el Guajiro se presenta como el hacedor de su voluntad, el artista fenomenal, el superhombre, el amante dichoso, el desfigurante de la realidad. Niño al fin, lo acompañan sus juguetes preciados: sus cultivos como naves de transporte, sus animales de confianza y sustento anímico, la mujer dilecta, sus tradicionales adornos junto a la angustia que se dispara al abandonar una parte de su colección, porque aunque quiera actuar como un Noé nunca podrá llevárselo todo: su arca es demasiado pequeña.
La lógica de estas pinturas es la del sueño; y quizás sean una representación del deseo en la mente del Guajiro: fantasía en la que él es un emigrante que arriesga caros recursos para salvarse. En este impulso, el artista le aporta a la obra tanto como de ella recibe, intercambio en el que las ideas alquimizan al pintor y a lo pintado. Ambos se interesan en un cierto lirismo indumentario que suaviza o falsea el drama de las escenas, de forma que lo que podría ser un alarido se resuelve en un orden que estiliza la soledad endémica de este personaje insular. Y por añadidura se presiente como unificador un nervio sideral, recorriendo los espacios dentro y fuera de la obra, que parece confirmarnos la posibilidad del viaje.
Por ser la fotografía un medio de conservar y trasladar la memoria, se convierte en causa que le sirve al artista como espejo catalizador del resultado en su pintura. El fotorrealismo tensa así un lenguaje en el que se articulan caprichos surrealistas y simbolismos propios de la alteración y el enfrentamiento de las imágenes. Este proceso, en el que la composición fotográfica apuntala la visualidad del conjunto, complementa certeramente el mensaje de la obra: el pintor se entretiene y el emigrante conserva su figura, ya que ambos guardan bien sus recuerdos.
La real ilusión y la verdad aparente forman la moneda con la que el espectador se paga el gusto de mirar. Y para ese propósito Justo Amable pone en juego también elementos del paisaje y la naturaleza muerta como parte de una épica que nos relata, sutilmente sonriente, con un guiño clásico además, una trama de filiaciones. Pareciera querer hacernos cómplices de un acto en el que el emigrante, el Guajiro, el niño, el mismo artista, no supieran definir si marcharse o quedarse. Acaso de ahí se destila la poesía, la atmósfera crepuscular, los brotes bíblicos. Pero no la inconsciencia, eso no, porque tanto el que parte como el que pinta saben perfectamente lo que hacen.

M.A.R. 2016

EL ARCA DEL EMIGRANTE

EXTENSION SOBRE LA OBRA DE JUSTO AMABLE

El emigrante es un niño que abandona su habitación a hurtadillas. Deja la fragancia y el gusto de la cuna, la vista del hogar, pero, niño al fin, no quiere dejar sus juguetes. Asume una renuncia que excluye su don más exquisito: el juego. Parte entonces en busca de un tesoro, y agarra con sus manos y su memoria los objetos más íntimos, sus creencias, aquellos hallazgos en los que depositó valores divinizados. Si el emigrante no arrastrara consigo esos simples fragmentos significantes, tendría que economizar mucha insensibilidad desde el principio de su mundo, para poder conquistar ese otro que pretende sin presumir de su indigencia.
En la obra de Justo Amable el emigrante es, para más, el Guajiro. Personaje mítico, casi abstracto, que reúne una serie de propiedades muy ponderadas, y al parecer invariables, entre las que se fichan su fidelidad a las costumbres y la costumbre de amar su pedazo de tierra. En los cuadros, aleatoriamente, el Guajiro se presenta como el hacedor de su voluntad, el artista fenomenal, el superhombre, el amante dichoso, el desfigurante de la realidad. Niño al fin, lo acompañan sus juguetes preciados: sus cultivos como naves de transporte, sus animales de confianza y sustento anímico, la mujer dilecta, sus tradicionales adornos junto a la angustia que se dispara al abandonar una parte de su colección, porque aunque quiera actuar como un Noé nunca podrá llevárselo todo: su arca es demasiado pequeña.
La lógica de estas pinturas es la del sueño; y quizás sean una representación del deseo en la mente del Guajiro: fantasía en la que él es un emigrante que arriesga caros recursos para salvarse. En este impulso, el artista le aporta a la obra tanto como de ella recibe, intercambio en el que las ideas alquimizan al pintor y a lo pintado. Ambos se interesan en un cierto lirismo indumentario que suaviza o falsea el drama de las escenas, de forma que lo que podría ser un alarido se resuelve en un orden que estiliza la soledad endémica de este personaje insular. Y por añadidura se presiente como unificador un nervio sideral, recorriendo los espacios dentro y fuera de la obra, que parece confirmarnos la posibilidad del viaje.
Por ser la fotografía un medio de conservar y trasladar la memoria, se convierte en causa que le sirve al artista como espejo catalizador del resultado en su pintura. El fotorrealismo tensa así un lenguaje en el que se articulan caprichos surrealistas y simbolismos propios de la alteración y el enfrentamiento de las imágenes. Este proceso, en el que la composición fotográfica apuntala la visualidad del conjunto, complementa certeramente el mensaje de la obra: el pintor se entretiene y el emigrante conserva su figura, ya que ambos guardan bien sus recuerdos.
La real ilusión y la verdad aparente forman la moneda con la que el espectador se paga el gusto de mirar. Y para ese propósito Justo Amable pone en juego también elementos del paisaje y la naturaleza muerta como parte de una épica que nos relata, sutilmente sonriente, con un guiño clásico además, una trama de filiaciones. Pareciera querer hacernos cómplices de un acto en el que el emigrante, el Guajiro, el niño, el mismo artista, no supieran definir si marcharse o quedarse. Acaso de ahí se destila la poesía, la atmósfera crepuscular, los brotes bíblicos. Pero no la inconsciencia, eso no, porque tanto el que parte como el que pinta saben perfectamente lo que hacen.

M.A.R. 2016

en La emigración metafísica

englis Aguzamos los sentidos sobre magnas extensiones de cielo por las que transitan inmensas calabazas; contemplamos un gigantesco mar surcado por emigrantes campesinos que no se desprenden de sus costumbres aunque viajen a lo desconocido, colmados de ingenuidad e impulsados por algún sueño. Carpentier hablaba del “absurdo pero no tan absurdo” del surrealismo y la pintura de Justo Amable Garrote Ramos (San Antonio de los Baños, 1966) corrobora esa afirmación, pues la tranquilidad con que se trasladan sus personajes -pensativos sobre manzanas flotantes o trabajando apaciblemente la tierra en el interior de un melón- no da margen a la peligrosa realidad de la balsa desarmada por las olas con su correspondiente tiburón acechando.
El drama de los balseros ha sido abordado por artistas de las dos orillas (la del norte de Cuba y la del sur de Estados Unidos) hasta el punto de convertirse en una garantía de éxito. La plástica cubana está saturada de balsas, remos, mapas y tiburones recreados desde diferentes puntos de vista, pero la obra que aquí analizamos está muy distante de todo esto y se escabulle tanto de las intolerancias políticas como de las fáciles y abundantes -en ocasiones oportunistas- representaciones implantadas. Justo despoja al acto migratorio de la cobertura política con que suele mirarse, sobre todo con respecto a las infectadas aguas del estrecho de La Florida, y enfoca su lado onírico, ese motor romántico, esencial, que mueve a los seres humanos: sus ilusiones.
El Arte, como dijo Pedro Almodóvar refiriéndose al cine, no es la realidad. Nuestro artista escapa a la necesidad de aprobación y renuncia a tomar partido en el juego ideológico con el que se contaminan otros creadores al afrontar este tema. Esta es una emigración hedonista, se desarrolla en un mundo de ensueños, rebasa las condiciones físicas, la fuerza de gravedad y el sentido común. Ocurre en el plano mental, es una ascensión. No es extraño pues el autor cultiva ese estado de paz que proviene de sus habituales lecturas. Justo Amable es un buscador espiritual en la pintura y en la vida. En esa búsqueda integra todas sus acciones, desde su mesurada conducta hasta la templanza que deposita en su pintura, ese es el secreto de su autenticidad.

Se nos ha tratado de inculcar, durante nuestra formación, que todo lo que huela a virtuosismo es cosa del pasado, que la realización meticulosa y los cuidadosos claroscuros florecen de la mano de artistas cursis y comerciales -me imagino que el paisajista cubano Tomás Sánchez también sufra de estas acusaciones-. Recuerdo a nuestros profesores de pintura, que ante cualquier degradación de color bien realizada nos decían que no hiciéramos eso, que nos “soltáramos”, que eso estaba “lamido”... ahora me parece un prejuicio de los peores, pues ese “lamido” es un recurso de la pintura tan válido como el dripping de Jackson Pollock y aparece en las pinturas de Jacques Louis David, por ejemplo, que ocupan en el Louvre tanto espacio como las de De Kooning en el MOMA. Un cuadro construido con manchas sueltas que se chorrean no tiene que ser, por fuerza, más “visceral” o “auténtico” que otro resuelto con volúmenes perfectos. Se trata simplemente de diferentes recursos, heredados de heterogéneas tradiciones pictóricas, válidas por igual.

Con la pintura moderna -y más tarde la postmoderna- combatiendo unos prejuicios se establecían otros; se instauraba la falsa idea de que el oficio ya no era necesario en el arte, el resultado actual es que muchos de los más afamados artistas contemporáneos no saben siquiera dibujar. Esto se pone en evidencia en un reportaje titulado “La escuela Saatschi”, donde los finalistas de una beca consistente en exponer en el Hermitage son sometidos a dibujar un modelo vivo y ninguno lo logra resolver siquiera mediocremente.

Por supuesto, no se trata de que la pintura consista en hacer una gala técnica gratuita, en ese caso no se trataría de Arte sino de pura Artesanía. Justo Amable (como Durero, Leonardo o Rembrandt) pone toda su habilidad al servicio de una obra que realmente necesita de ese rigor técnico, de ese nivel de detalle y de ese... preciosismo. Esta palabra resulta peligrosa en nuestros días, pues se tiende a utilizar, al menos en el argot de la crítica contemporánea, para describir despectivamente al efectismo gratuito. Aquí tenemos un similar prejuicio, en este caso lingüístico, por el uso en sentido negativo de esta palabra a causa de su asociación con el rebuscamiento. No hay aquí afectación ni alarde, sino la solución técnica necesaria para comunicar al espectador la inocencia de los personajes, sus ingenuidades, sus fantasías, sus ojos vendados.
Las pinturas de Justo necesitan de este procedimiento que tiende a despreciarse en las Escuelas de Arte, lo hace con una limpieza y con un... preciosismo (¿por qué no?) que recuerda al Rococó. El recurso en cuestión apoya el contenido de las imágenes, su sentido onírico antes mencionado, ese mundo alucinado, de ensoñación, que relaciona sus cuadros con la vertiente más figurativa del Surrealismo. Se trata de un Surrealismo tropical o más bien específicamente cubano.

Como en el movimiento de un péndulo, la representación virtuosa de la naturaleza, de la figura humana, del paisaje... siempre regresa. Este fenómeno se puede constatar con una rápida mirada histórica. No importa cuánto esfuerzo hayan hecho las vanguardias artísticas del Siglo XX para deconstruir la figura humana durante su evolución, cuando esta parecía haber sucumbido bajo los espontáneos trazos de los expresionistas, cuando el esplendor de la abstracción parecía haberla anulado, cuando el arte conceptual comenzaba a intentar desaparecer el objeto artístico… regresó en forma de Fotorrealismo. De nuevo estábamos frente a un lienzo que demandaba el rigor de la realización; fue este un retorno, bajo un planteamiento diferente y ayudado por diversos trucos (proyecciones, plantillas, brochas de aire...) al oficio del artista. Con la llegada de este movimiento el catalán Salvador Dalí comienza a dejar de llamarse surrealista y en medio de su locura (absurda pero no tan absurda) se autodefine “hiperrealista metafísico”

La obra de Justo Amable Garrote tiene mucho de ese rigor que caracteriza a los artistas que para valorarlos basta con ver su trabajo sin que nadie nos explique nada. La complacencia del ojo del espectador ante la seducción de su técnica es una trampa para llevarlo a un sitio silencioso, meditativo y profundo, donde no hay densidad sino fluidez, donde no hay respuestas fáciles o innecesarias; nos adentramos en un estado de calma en el que la mente se serena y el ego calla.

La emigración metafísica

Aguzamos los sentidos sobre magnas extensiones de cielo por las que transitan inmensas calabazas; contemplamos un gigantesco mar surcado por emigrantes campesinos que no se desprenden de sus costumbres aunque viajen a lo desconocido, colmados de ingenuidad e impulsados por algún sueño. Carpentier hablaba del “absurdo pero no tan absurdo” del surrealismo y la pintura de Justo Amable Garrote Ramos (San Antonio de los Baños, 1966) corrobora esa afirmación, pues la tranquilidad con que se trasladan sus personajes -pensativos sobre manzanas flotantes o trabajando apaciblemente la tierra en el interior de un melón- no da margen a la peligrosa realidad de la balsa desarmada por las olas con su correspondiente tiburón acechando.
El drama de los balseros ha sido abordado por artistas de las dos orillas (la del norte de Cuba y la del sur de Estados Unidos) hasta el punto de convertirse en una garantía de éxito. La plástica cubana está saturada de balsas, remos, mapas y tiburones recreados desde diferentes puntos de vista, pero la obra que aquí analizamos está muy distante de todo esto y se escabulle tanto de las intolerancias políticas como de las fáciles y abundantes -en ocasiones oportunistas- representaciones implantadas. Justo despoja al acto migratorio de la cobertura política con que suele mirarse, sobre todo con respecto a las infectadas aguas del estrecho de La Florida, y enfoca su lado onírico, ese motor romántico, esencial, que mueve a los seres humanos: sus ilusiones.
El Arte, como dijo Pedro Almodóvar refiriéndose al cine, no es la realidad. Nuestro artista escapa a la necesidad de aprobación y renuncia a tomar partido en el juego ideológico con el que se contaminan otros creadores al afrontar este tema. Esta es una emigración hedonista, se desarrolla en un mundo de ensueños, rebasa las condiciones físicas, la fuerza de gravedad y el sentido común. Ocurre en el plano mental, es una ascensión. No es extraño pues el autor cultiva ese estado de paz que proviene de sus habituales lecturas. Justo Amable es un buscador espiritual en la pintura y en la vida. En esa búsqueda integra todas sus acciones, desde su mesurada conducta hasta la templanza que deposita en su pintura, ese es el secreto de su autenticidad.

Se nos ha tratado de inculcar, durante nuestra formación, que todo lo que huela a virtuosismo es cosa del pasado, que la realización meticulosa y los cuidadosos claroscuros florecen de la mano de artistas cursis y comerciales -me imagino que el paisajista cubano Tomás Sánchez también sufra de estas acusaciones-. Recuerdo a nuestros profesores de pintura, que ante cualquier degradación de color bien realizada nos decían que no hiciéramos eso, que nos “soltáramos”, que eso estaba “lamido”... ahora me parece un prejuicio de los peores, pues ese “lamido” es un recurso de la pintura tan válido como el dripping de Jackson Pollock y aparece en las pinturas de Jacques Louis David, por ejemplo, que ocupan en el Louvre tanto espacio como las de De Kooning en el MOMA. Un cuadro construido con manchas sueltas que se chorrean no tiene que ser, por fuerza, más “visceral” o “auténtico” que otro resuelto con volúmenes perfectos. Se trata simplemente de diferentes recursos, heredados de heterogéneas tradiciones pictóricas, válidas por igual.

Con la pintura moderna -y más tarde la postmoderna- combatiendo unos prejuicios se establecían otros; se instauraba la falsa idea de que el oficio ya no era necesario en el arte, el resultado actual es que muchos de los más afamados artistas contemporáneos no saben siquiera dibujar. Esto se pone en evidencia en un reportaje titulado “La escuela Saatschi”, donde los finalistas de una beca consistente en exponer en el Hermitage son sometidos a dibujar un modelo vivo y ninguno lo logra resolver siquiera mediocremente.

Por supuesto, no se trata de que la pintura consista en hacer una gala técnica gratuita, en ese caso no se trataría de Arte sino de pura Artesanía. Justo Amable (como Durero, Leonardo o Rembrandt) pone toda su habilidad al servicio de una obra que realmente necesita de ese rigor técnico, de ese nivel de detalle y de ese... preciosismo. Esta palabra resulta peligrosa en nuestros días, pues se tiende a utilizar, al menos en el argot de la crítica contemporánea, para describir despectivamente al efectismo gratuito. Aquí tenemos un similar prejuicio, en este caso lingüístico, por el uso en sentido negativo de esta palabra a causa de su asociación con el rebuscamiento. No hay aquí afectación ni alarde, sino la solución técnica necesaria para comunicar al espectador la inocencia de los personajes, sus ingenuidades, sus fantasías, sus ojos vendados.
Las pinturas de Justo necesitan de este procedimiento que tiende a despreciarse en las Escuelas de Arte, lo hace con una limpieza y con un... preciosismo (¿por qué no?) que recuerda al Rococó. El recurso en cuestión apoya el contenido de las imágenes, su sentido onírico antes mencionado, ese mundo alucinado, de ensoñación, que relaciona sus cuadros con la vertiente más figurativa del Surrealismo. Se trata de un Surrealismo tropical o más bien específicamente cubano.

Como en el movimiento de un péndulo, la representación virtuosa de la naturaleza, de la figura humana, del paisaje... siempre regresa. Este fenómeno se puede constatar con una rápida mirada histórica. No importa cuánto esfuerzo hayan hecho las vanguardias artísticas del Siglo XX para deconstruir la figura humana durante su evolución, cuando esta parecía haber sucumbido bajo los espontáneos trazos de los expresionistas, cuando el esplendor de la abstracción parecía haberla anulado, cuando el arte conceptual comenzaba a intentar desaparecer el objeto artístico… regresó en forma de Fotorrealismo. De nuevo estábamos frente a un lienzo que demandaba el rigor de la realización; fue este un retorno, bajo un planteamiento diferente y ayudado por diversos trucos (proyecciones, plantillas, brochas de aire...) al oficio del artista. Con la llegada de este movimiento el catalán Salvador Dalí comienza a dejar de llamarse surrealista y en medio de su locura (absurda pero no tan absurda) se autodefine “hiperrealista metafísico”

La obra de Justo Amable Garrote tiene mucho de ese rigor que caracteriza a los artistas que para valorarlos basta con ver su trabajo sin que nadie nos explique nada. La complacencia del ojo del espectador ante la seducción de su técnica es una trampa para llevarlo a un sitio silencioso, meditativo y profundo, donde no hay densidad sino fluidez, donde no hay respuestas fáciles o innecesarias; nos adentramos en un estado de calma en el que la mente se serena y el ego calla.

No pude irme en

English En to’ esto aquí no hay nadie que tenga más boniatos ni más yucas ni más malangas más grandes que las mías… ni hablar…fíjate, yo mismo sembré una mata de frutabomba tan grande que cuando pegó a dar jugo se hizo un charco tremendo que ahora es la laguna del ariguanabo… Sí. (…) Y la gente tenía que salir pa’ envuelta del pueblo en bote, porque los trillos estaban inundaos hasta arriba… y cuando mi mujer se antojó de irse del país, que en paz descanse, yo mismito la monté en un aguacate pa’ que no se le oxidara la mollera esa tarde… Era mucha la neblina y mucho oleaje. Y se fue. Yo pegué a llorar pero ella no se dio cuenta porque estaba lloviendo afuera más fuerte que adentro de mí. Me dijo algo a lo lejos pero mi propio ruido no me dejó entender. Por mucho que la quisiera yo no pude irme… ¿Quién le daba de comer a los animales? Mi hermano se brindó pero figúrese…el no entendía bien a mis vacas…no sabía pastorearlas y las dejaba mojarse en el aguacero. ! Ah!… a mí no hay quien me entienda.

No pude irme

En to’ esto aquí no hay nadie que tenga más boniatos ni más yucas ni más malangas más grandes que las mías… ni hablar…fíjate, yo mismo sembré una mata de frutabomba tan grande que cuando pegó a dar jugo se hizo un charco tremendo que ahora es la laguna del ariguanabo… Sí. (…) Y la gente tenía que salir pa’ envuelta del pueblo en bote, porque los trillos estaban inundaos hasta arriba… y cuando mi mujer se antojó de irse del país, que en paz descanse, yo mismito la monté en un aguacate pa’ que no se le oxidara la mollera esa tarde… Era mucha la neblina y mucho oleaje. Y se fue. Yo pegué a llorar pero ella no se dio cuenta porque estaba lloviendo afuera más fuerte que adentro de mí. Me dijo algo a lo lejos pero mi propio ruido no me dejó entender. Por mucho que la quisiera yo no pude irme… ¿Quién le daba de comer a los animales? Mi hermano se brindó pero figúrese…el no entendía bien a mis vacas…no sabía pastorearlas y las dejaba mojarse en el aguacero. ! Ah!… a mí no hay quien me entienda.

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